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Jaime Ros Felip

Me sorprendió la reacción de aquellos directivos que asistían a la sesión de trabajo. Estábamos definiendo los factores que condicionan una mayor o menor contribución de los equipos a los objetivos, estrategia y cultura de la compañía. Existía mucho calor en la sala. El grupo mostraba una gran preocupación por sentir que a estas alturas del ejercicio iba a ser muy complejo alcanzar los objetivos marcados.

Todos los años lo habían conseguido, al menos, el grupo que allí debatía sobre cómo movilizar más negocio. Sin embargo, hoy las circunstancias parecían haberse vuelto obstinadas en su arte por complicarlo todo.
                                                                                                                                           
Pensé que la preocupación se centraría en lo que habitualmente surge en estos escenarios: hay que presionar más, hay que salir a la calle a vender, no hay que relajarse ni un minuto, debemos aprovechar las pocas o muchas oportunidades que pueden surgir de nuestros clientes más fieles... Pero no. Uno de ellos pronunció la palabra y se generó un torbellino en la sala que arrastró a todos llevándolos a una reflexión que me gustó y que, saltándome algunos protocolos, permití que robara tiempo al tiempo.

Todo esto es consecuencia de una falta de valores. –Esa fue la frase.

Reconozco abiertamente mi debilidad por esta materia.

No hace más de un par de meses, tuve la suerte de compartir espacio con otro conferenciante para abordar el apasionante reto de la transmisión de valores en nuestro entorno familiar y social. Y ahora, en la sesión con aquellos directivos, se abría una puerta hacia la posible relación de los valores con la productividad, el negocio, la cultura... en fin, con el escenario profesional.

¿A quién puede interesar todo esto? Sospecho que a muchos más de los que respondan que sí. Es más, quien declare que no siente ninguna atracción por este asunto debería ir a hacerse un profundo chequeo porque algo en su forma de entender su propia realidad no debe estar funcionando correctamente.

¿Por qué es tan habitual que nos salgan sarpullidos cuando alguien propone este tema como base fundamental para la productividad, para la rentabilidad, para la generación de negocio? Parece como si sintiéramos vergüenza ajena, como si temiéramos convertirnos en objeto de burlas o qué se yo qué tipo de ataques. Inmediatamente echamos mano de nuestro cerebro analítico y empezamos a poner por delante de este tema una batería de datos, de estudios de mercado, de análisis estratégicos, de puntos críticos en los procesos productivos… Incluso intentamos alejarnos de esta materia centrándonos en algo más manejable como son los conocimientos, las habilidades, los criterios de actuación, los procedimientos…

¡Qué lástima! Algo que tenemos al lado y que es la razón fundamental de nuestros éxitos o fracasos, lo envolvemos en un manto de que no, que no quiero verte dejándolo de lado y tratándolo sólo en escenarios de café, en entornos sociales, familiares y por supuesto, nunca en reuniones críticas de trabajo.

Pues quien no quiera ver que no vea. Los principios y los valores son el motor fundamental de nuestras acciones y de la gente que nos rodea, de quienes forman parte de nuestro equipo, de nuestra organización, de nuestros clientes y proveedores. Principios y valores que constituyen la base no sólo del por qué actuamos sino también de la motivación a corto, medio y largo plazo.

Decía mi abuelo: quien no se preocupe por la raíz de su éxito o de su fracaso, jamás llegará a tomar el timón de su futuro. ¡Qué grandes verdades encerradas en frases tan sencillas. Si nuestra apuesta es por el éxito, ¿cómo dejar de lado lo que nos empuja hacia él o lo que puede desviarnos de la diana que nos indica? Si somos empresarios, pertenecemos a la alta dirección, gestionamos equipos propios o ajenos, dependemos de otros para lograr nuestros propios resultados, somos consultores al servicio de diferentes organizaciones… ¿no deberíamos reforzar nuestra preocupación por conocer, por orientar, por asegurar aquello que hace realidad nuestros objetivos. Principios y valores que gritan por ocupar el espacio que se merecen, que son necesarios en cualquier estrategia del nivel que sea y que no quieren terminar en estanterías enmarcados en llamativos cuadros o en preciosas encuadernaciones que solo hacen ocupar un espacio inútil.

Al fin y al cabo son constantes las batallas diarias que libramos consciente o inconscientemente y que constituyen el claro reflejo de qué estamos hechos y de si atendemos a lo que es en realidad la base de nuestra valía profesional y de la de la gente que nos rodea.

Jaime Ros Felip
Director General
Cinco Razones

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