Nuestro modelo de formación contínua: ¿plataforma para el empleo?

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Antonio Ramírez del Río. En la primavera de 2010 tuve la ocasión de asistir como ponente a un foro de debate sobre el papel de la formación. El objetivo, igual que el del presente artículo [sic], consistía en reflexionar acerca del sistema de Formación para el Empleo y la importancia de evaluar su impacto. Asistieron al evento los secretarios de formación de las grandes centrales sindicales, expertos de la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo, además de representantes de la administración pública estatal competente. Hacia el final del evento, al iniciar mi exposición pregunté: “¿cómo podemos estar seguros de que la ingente inversión en formación subvencionada esta siendo realmente beneficiosa?” A pesar de estar aludiendo a una cuestión central del debate, la pregunta pareció inoportuna y fuera de lugar. Se hizo el silencio más absoluto en la sala.

Uno de los asistentes alzó la mano quebrando la gélida quietud del auditorio. “A través de la negociación colectiva”, fue su respuesta. A lo que respondí: “¿la negociación colectiva como instrumento para comprobar el impacto de la formación?” De nuevo el silencio. En esta ocasión fue una de las ponentes principales de la mesa quien se pronunció: “pues hace un año o así, aquí vino un alemán y nos dijo que el milagro de la economía española no podría entenderse sin el papel de la formación.” No pude reprimir el responder: “o sea que vino un alemán y nos dijo que la formación ha tenido un impacto determinante, y a ello le conferimos un poder probatorio suficiente ¿no es así?” No merece la pena contar lo que ocurrió después. Con el tiempo, el asunto ha quedado en una enriquecedora experiencia vital que ahora agradezco poder contar.

Desde entonces hasta ahora se han derrumbado algunas creencias siguiendo el mismo mecanismo atávico: desechando la idea equivocada aunque ello resulte doloroso. Igual que ya no entra en nuestro esquema el pensar que los precios de los pisos nunca bajan o que los estados de Europa no pueden quebrar. Lo sabemos los profesionales de la formación, para aprender hay que desaprender. Estamos en una época que nos impele a hacer las cosas de un modo diferente y el ámbito formativo no debería ser ajeno a este reto. Así pues, quizás haya que quitarse el vendaje de los ojos unos y la máscara de la cara otros, y aceptar que por sí sola, generada y distribuida a las bravas, la formación no puede cumplir con el objetivo de favorecer al empleo. Más aún, es necesario desechar la creencia de que cualquier formación es buena en sí misma.

En realidad el efecto beneficioso de la formación, como cualquier bien o servicio gestionable, depende del acierto en su planteamiento, de su oportunidad socioeconómica, del modo en que se gestione, y finalmente de cómo se ejecute. Por poner solo un ejemplo de cómo no se debe gestionar, sé de una persona dedicada a las tareas domésticas en su propia casa y que está encantada de haber realizado un curso de Dreamweaver. No lo necesita y nunca ha mostrado un interés particular en esta materia, pero el saber no ocupa lugar, y sobre todo, era gratis y por disponibilidad de tiempo se lo podía permitir. Detrás de esta estampa, para explicarlo todo, es muy plausible que en un momento crítico del proceso, el gestor y/o promotor del plan de formación al que perteneciera el curso, sin reparar en medios, necesitara cubrir una cuota de alumnos para garantizar su parte de la subvención.

Es evidente que la situación anterior no desvela una óptima gestión pública. Sin embargo, si no somos capaces de evaluar el impacto de la formación será imposible determinar si ésta es productiva. Por dicha razón, ante la carencia de datos serios sobre el impacto de la formación subvencionada, emprendí junto a mi colaboradora una investigación evaluativa cuyos resultados se han publicado recientemente (Ramírez del Río, A y Garrido Casas J, RELIEVE, Vol. 17 Nº 2 de 2011). Gracias a ello pusimos de manifiesto una relación nula entre esfuerzo formativo y consecución/mantenimiento de la ocupación. Es decir, no por hacer más cursos de formación se incrementaban las probabilidades de conseguir/mantener el empleo. Este resultado se obtuvo con los datos de un Plan de Formación Intersectorial gestionado por una Entidad Promotora de Formación (el estudio no desvela si patronal o sindical). A falta de mayores evidencias, el hallazgo lleva a pensar que algo falla en el modelo, si la formación para el empleo no favorece el empleo... Aunque pueda aducirse que las circunstancias socioeconómicas son las variables que más directamente influyen, sigue cabiendo encontrar alguna diferencia entre las personas que hacen un esfuerzo mayor por formarse y las que no.

Salvo en lo principal, la consecución y el mantenimiento del empleo, no todos los resultados de la investigación fueron negativos. Tratándose de la influencia de la formación en la empleabilidad (y no solo en el empleo), se analizaron otros indicadores como la promoción a puestos superiores, la adquisición de nuevas responsabilidades y el desempeño laboral. De todos ellos, la relación más contundente y positiva surgió entre formación y promoción/ampliación de responsabilidades. Esto es sobre todo una buena nueva para los trabajadores que mantienen su estatus de ocupados. Finalmente, el desempeño laboral, a pesar de ser la variable más sensible de todas a la acción del propio individuo, no correlacionó con el esfuerzo formativo excepto en los casos de las empresas muy pequeñas. Por tanto, se halló una relación, pero no tan contundente como cabía esperar. Lo cual nos lleva a un terreno gris, entre el negro del empleo y el claro de la promoción/ampliación de responsabilidades. Pero en última instancia, si la variable potencialmente más permeable a la formación no luce todo lo que debiera… De nuevo la sombra de la duda cae sobre el actual modelo tripartito de gestión de la formación.

Contextualicemos los resultados anteriores. Hasta el momento, la dinámica operativa de la formación se ha caracterizado predominantemente por orientarse hacia el máximo alcance posible, incluso por encima de los resultados. El objetivo de las políticas ha sido una cuestión de volumen. Con independencia del impacto logrado, cuanta más formación y a cuantos más trabajadores formados, mejor. De este modo, también se lograba una mayor dotación económica. Pero ha llegado la hora de gestionar con inteligencia y en favor exclusivamente del bien común, o lo que es lo mismo, de la economía productiva y el bienestar de la sociedad. En estos tiempos es muy repetido que los momentos de crisis suponen una oportunidad para hacer de una vez lo que más conviene. Esperemos que el nuevo modelo de formación en ciernes implique una aportación fehaciente de valor. Pero ¡cuidado!, en la gestión, para generar círculos virtuosos no bastará con imitar los modelos que funcionan en otros sitios, lo determinante es que las prácticas adoptadas funcionen aquí, en España.

Antonio Ramírez del Río
Socio Director de Systeme, Innovación y Consultoría
antonio.ramirez@systeme.es

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